No es necesariamente una denuncia a la violencia actual, tal vez es sólo fantasía.
Este cuento me tocó corregirlo bastante hasta que quedara medio presentable. Igual la idea sigue siendo la misma: critiquen con confianza, por favor.
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Ingenio humano
- Déjame mostrarte el último truco que aprendí de los humanos –dijo Larry mientras sostenía una sierra contra el brazo del cadáver.
- No tenemos tiempo para ponernos a jugar –le contestó John impaciente. Era mediodía y el calor del desierto se estaba volviendo insoportable-. Saca los otros cuerpos de la camioneta y ayúdame que no vamos a terminar nunca.
Larry dejó la sierra sobre el cuerpo y fue hasta la parte trasera del vehículo. La puerta del baúl estaba abierta y adentro había tres cuerpos más, todos con una bolsa negra sobre sus cabezas y atados de brazos y piernas. Junto a los cuerpos había una nevera azul, llena de hielo y cerveza. Destapó una y se la tomó mientras pasaba los cadáveres con su mano libre. Tenía una camiseta blanca sin mangas y sólo se notaba una pequeña tensión en sus músculos al cargar los cuerpos. Al terminar volvió a la camioneta, dejó la botella vacía y sacó una pala del asiento trasero.
- Ya casi es la una y hasta ahora empezamos a cavar –le recriminó John cuando lo vio llegar con la pala-. Esto no le va a gustar a la Jefa.
Larry empezó a cavar sin contestarle. Paleaba con tranquilidad mientras escuchaba la forzada respiración de su compañero, que parecía ahogarse en su traje negro. Rodeando el hoyo que estaban haciendo podían ver claramente la sombra de tres buitres atraídos por los cuerpos en descomposición.
- ¿Hace cuanto mataste a estos cuatro? –preguntó John secándose el sudor con un pañuelo.
- Un par de días. Fue fácil, todos vivían en la misma casa. –Larry frunció el ceño, haciendo memoria-. Los papás estaban en el primer piso de la casa, entonces fueron los primeros. El olor de los niños me llegó desde el segundo piso: él estaba debajo de su cama –señaló el cuerpo más pequeño-, y ella encerrada en el baño –un cuerpo adolescente. Empezó a reírse -. Hubieras visto al niño mordiéndome la mano mientras lo sacaba de donde estaba. Fue el único que peleó; un pequeño valiente.
- ¡Sin detalles! Por favor.
- Igual me parece extraño. Es la primera vez que me ordena que mate niños. No tengo nada en contra de eso, obviamente, pero no es su estilo.
- Alguna razón tendrá para haberlo hecho –dijo John pensativo-; aunque no niego que es muy extraño.
- ¿Y te dijo la Jefa por qué los estamos enterrando en la mitad del desierto?
- No. Habló conmigo anoche para decirme que dejara mi puesto y que fuera a recogerte. –John sacó del saco de su traje una hoja cuadriculada escrita con letras rojas-. A parte de eso sólo me dio esta hoja. Las instrucciones son muy detalladas, pero no explica por qué tenemos que hacerlo así. Me imagino que es un ritual de esos que ella suele hacer. Están las coordenadas exactas, la cantidad de cuerpos, la edad aproximada, la hora… Mejor hacemos lo que dice acá y dejamos las preguntas para después.
- ¿Crees que haya problemas si falta uno de los cuerpos? –preguntó Larry después de un rato. Tenía voz de niño hambriento.
- Estoy seguro que sí.
Mientras hablaban distraídos uno de los buitres bajó y se posó sobre el cuerpo más grande de los cuatro. Larry levantó su pala para asustarlo pero su compañero lo detuvo. El buitre inclinó la cabeza mirando fijamente a los dos hombres.
- Ya casi terminamos Señora –dijo John tratando de sostenerle la mirada al animal carroñero-. Todo va como usted lo ordenó.
El animal pareció asentir con la cabeza y remontó el vuelo hasta volver al círculo que estaban haciendo los otros dos buitres. Los dos compañeros reanudaron su labor afanados por lo sucedido.
- ¡Mierda! –Grito Larry al cabo de un rato-. Rompí mi pala.
- Ogro tenías que ser. Coge la mía y cava tú. Yo voy por una cerveza.
La fosa no avanzaba mucho. Larry cavaba lentamente por miedo a romper la otra pala. Aun no estaba cansado, pero el hambre y la concentración que necesitaba para cavar lo hacían sentir incómodo. John se sentó en el espacio del baúl que quedó vacío y se tomó su cerveza lentamente. Miró su reloj, eran las doce y treinta.
- ¡Apúrate! –le gritó a Larry -. Faltan cuarenta minutos y en ese hueco que estás a duras penas cabría un cuerpo.
Larry se detuvo pensativo. Dejó la pala, se dirigió hacia los cuerpos y recogió la sierra que estaba sobre el de la mujer.
-¿La hoja de instrucciones dice algo sobre el estado de los cuerpos?
-No –contestó John-. Sólo habla de cantidad.
- Entonces te voy a mostrar el truco que aprendí de los humanos –dijo Larry con calma-: la optimización.
- Deja eso ya –le recriminó su compañero-, si no terminamos a tiempo nos va a ir mal.
- Cállate y ayúdame más bien.
Larry empezó por el brazo izquierdo. Luego el derecho. En menos de cinco minutos había cortado el cuerpo en diez pedazos y estaba empezando con el de la joven. Entonces John entendió. A medida que Larry cortaba el acomodaba los pedazos en la fosa de modo que fueran encajando fácilmente. Faltando cinco para la una ya estaban terminando de tapar la fosa.
- ¿Dónde aprendiste eso?
- Antes de trabajar para la Señora fui soldado de algunos ejércitos de países del sur –dijo Larry orgullosamente-. Muchas veces no había tiempo ni ganas de abrir un hoyo muy grande, entonces cortaban los cuerpos y listo. Muy útil.
John lo observó un momento. Si bien no se veía como un humano promedio, era difícil imaginarlo en un ambiente distinto al militar; la efectividad al matar al enemigo hacía desaparecer cualquier duda que pudiera haber.
- Bueno –dijo finalmente-, creo que es mejor que nos vayamos. Nuestro trabajo acá ya está terminado.
Larry recogió la pala que quedaba y los pedazos de la que estaba tirada en el suelo, mientras John cogía la sierra y una botella vacía. Guardaron todo en el baúl, Larry sacó una cerveza más de la nevera y se pusieron en camino. Habían pasado unos veinte minutos en silencio hasta que Larry tuvo que preguntar.
- ¿Qué tan delicados son los rituales?
- Hasta donde sé, bastante. Desde que se sigan las instrucciones no hay problema; si no se siguen… He escuchado historias feas al respecto.
Larry guardó silencio un rato. Su mente estaba trabajando como nunca en ese momento; tenía la frente arrugada y la mirada perdida en la distancia.
- Creo que es mejor no ir a ver a la Señora por un tiempo –dijo encogiéndose en su asiento.
- ¿Qué hiciste?
- ¡Tenía hambre! No es mi culpa –se defendió. Tenía voz de niño regañado.
- La hoja decía que se necesitaban “dos cuerpos adultos” y “dos cuerpos jóvenes”. Los cuerpos estaban completos, ¿verdad?
Larry no dijo nada.
- No puedo huir –se lamentó John-. ¡Sabes que no puedo dejar mi trabajo así no más! –Se le había brotado una vena en la frente-. ¡Yo vivo debajo de esa cama y lo único que hago en esta vida es asustar a ese niño! Tú te contentas con matar a quien te señalan, no importa quién sea; pero mi vida es distinta. ¡Puedo perderlo todo por tu estúpido error! –Nunca había creído en eso de contar hasta diez, así que simplemente guardó silencio unos segundos y finalmente dijo-: Maldito ritual.
John detuvo el carro, pensó un poco y arrancó en el sentido contrario al que iban. Ya era la una y media. El cielo del desierto se estaba empezando a nublar; mala señal. Estaba muy enfadado, Larry lo veía en su rostro. Buscó en uno de los bolsillos de su pantalón de sudadera y sacó una servilleta con algo adentro. Se la pasó a John en silencio. Sin mirar John desenvolvió un delgado dedo con la uña pintada de rojo. Volteó a mirar a su compañero y vio que tenía los ojos aguados.
- Gracias –le dijo sinceramente dándole una palmadita en la espalda.
Se llevó el dedo a la boca y mordió un pedazo. El sabor le resultó reconfortante; no había comido nada desde el desayuno, y quién sabe cuándo podría detenerse el suficiente tiempo para alimentarse del miedo del algún otro niño.