Viajes y eso

La verdad no sé qué decir bien de esto. No es muy lo que usualmente escribo, o eso creo (la verdad no escribo hace tanto que ya no hay un “usualmente escribo”), pero igual acá está, en el paredón.

Hay una parte, la que está indentada, que es vieja, pero quise recuperarla (lo cual es un decir, porque no la escribí para mí, entonces no es mía).

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Las hojas y sus cuentos

Algún día voy a viajar por el mundo. No lo digo como un plan, ni como un sueño; lo digo como un certeza. Es algo que va a pasar, independientemente de que lo quiera o no. Es más, no sé si quiero recorrer el mundo; no sé a dónde quiero viajar; no sé si quiero ser un mochilero de los que pide posada a gente que conoce en las noches en un puerto, o un turista de pantalón corto y camisa floreada con una cámara tan cara como inútil en mis inexpertas manos; no sé si quiero viajar solo o en compañía de alguien más. Bueno, sí sé que quiero viajar con alguien más; mentí en eso último.

Digo que sé que voy a viajar por el mundo porque hace poco me lo dijeron. Estaba escrito en una hoja dentro de un cuaderno que siempre guardo en mi maleta. No era una hoja del cuaderno, era la hoja de un árbol que encontré el otro día. Iba caminando por la 53, al frente del Simón Bolivar, cuando la pisé. En ese momento un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, desde el talón derecho que la pisó hasta cada una de mis extremidades. Lo que me hizo estremecer no fue el haberla pisado, sino el sonido que hizo. Las hojas que aún están verdes no deben sonar así, de eso estoy seguro; pero esta sonó como si llevara años ahí, en ese lugar del suelo, esperando que yo la pisara. Me agaché para recogerla y la metí en mi cuaderno, como otras personas hacen con las flores, y me olvidé de ella. Una semana después saqué el cuaderno para escribir alguna de esas cosas que deben ser escritas y la vi. Miré por largo rato sus venas, de una forma en que nunca había visto ni siquiera las mías, y por fin entendí lo que me quería decir. Era tan claro que me avergoncé de no haberlo notado antes. Era una sola palabra, pero lo decía todo: “Viaja”. Puede que para muchos esa palabra no fuera nada, pero para mí lo era todo, porque verán, lo que tenía que escribir en ese instante era esto:

Siempre hay un viaje más por hacer.

Una persona que nos falta conocer, un lugar que no hemos pisado, un mar que no nos ha bañado.

La novedad es exponencial.

Por cada persona que conocemos, descubrimos cientos más que aún nos faltan.

Por cada lugar que pisamos, intuimos miles de pasos que aún no hemos sido capaces de dar.

Por cada mar que nos baña, hay infinidad de olas que nunca veremos llegar a la orilla.

Caminamos por un mundo que creamos al caminar, y nos llevamos de él lo que quepa en nuestra maleta, en nuestra cabeza y en nuestro cuerpo.

Al fin y al cabo, las memorias y las sensaciones no son más que souvenirs del viaje.

El viaje no existe en el traslado, sino en la experiencia.

No importa a dónde vayas y lo que hagas allá, sino lo que tu viaje haga en ti.

Recorre los nuevos lugares a la vez que dejas que ellos te recorran a ti; que sus callejones entren en tus callejones y que sus olas choquen con las tuyas.

Deja que tu viaje viaje en ti.

En ese instante supe que iba a recorrer el mundo. No es cuestión de querer hacerlo, es simplemente la inevitabilidad del destino. Sé que emprenderé mi viaje para poder vivir la historia que esa hoja me pide que viva. Habrá más hojas, no lo dudo. Como hubo esa primera sé que habrá otras. Tal vez, cuando camine por las abarrotadas calles de Nueva Delhi, en medio de la multitud vuelva a sentir un escalofrío. Entonces sabré que mi historia debe continuar. Recogeré la hoja, la meteré en mi cuaderno y, cuando deba escribir de nuevo, tal vez sobre el amor, descubriré un nuevo mensaje en la hoja, y partiré a mi nuevo destino, tal vez a encontrar ese amor.

Así, cuando camine a las afueras de Florencia, en la Toscana, cogido de la mano de alguien, tal vez de ti si alguna vez lees esto, vuelva a sentirlo. Empezando en mi talón, subiendo por mi pierna, llegando a mi pecho y explotando en todas las direcciones, alcanzándote incluso a ti. Esa hoja la recogerás tú, o quien me acompañe en ese momento, y la guardará en un cuaderno que compartimos. Entonces querré escribir, muy probablemente sobre la vida, y la hoja me confirmará mis dudas y partiré de nuevo; acompañado, espero.

Por último, porque todo tiene un final, pisaré esa última hoja en un parque en Tokyo. Una hoja blanca de un cerezo, porque no hay mejor hoja para un final. La guardaré habiendo quedado desgastado tras ese último escalofrío y la olvidaré por un tiempo. Luego, un día querré escribir, me imagino que sobre la muerte, es un muy buen tema, y la hoja me lo dirá. Y así acabará mi historia, que es la misma historia de las hojas. Pobres de los que no pueden vivir una vida narrada por las hojas.

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Una respuesta hacia “Viajes y eso”

  1. juana * Dijo:

    “y que sus olas choquen con las tuyas”…. lo más bonito.

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